# LA RUEDA SAGRADA. Por Manuel Arce Gil

La historia de Rumi y Killay, Apus y Pachamama

Por Manuel Arce Gil

El viento silbaba entre los peñascos cuando hallaron a Rumi. Killay, su hermana menor, había trepado por la quebrada honda buscándolo, allí donde los apus vigilan con sus cumbres nevadas el vuelo interminable de los cóndores.

 

—Hermano, tayta Antay te busca desde que el sol alumbraba la chakra—dijo Killay, jadeando por la subida.

 

Rumi contemplaba el vuelo circular de los grandes pájaros. Sus ojos brillaban como agua de manantial mientras señalaba hacia el cielo inmenso.

 

—Mira, hermanita, ¿ves ese mallku wawa que extiende sus alas negras contra el viento? Está aprendiendo cómo dominar el wayra bravo para algún día volar sobre los apus más poderosos. El cóndor es así, hermana, tiene una sola compañera para toda la vida, como nuestra gente del ayllu. Y cuando sienten que la muerte los llama, suben, suben hasta donde el aire se vuelve delgado como hebra de chuño, y entonces se dejan caer contra las rocas, ofrendando su cuerpo a la Pachamama para que otros animales vivan. Los mallkus son sagrados, hermanita, son el lazo entre el Hanan Pacha y el Kay Pacha.

 

Los ojos de Killay se abrieron como luciérnagas en la oscuridad. Su corazón latía fuerte mientras las palabras de su hermano pintaban mundos entre el cielo y la quebrada.

 

—Tayta necesita tu ayuda, Rumi. El encargo del Waranka Kamayoc lo tiene preocupado como perro sin dueño. Las piedras para el umbral del templo deben llegar antes de la fiesta de la Luna Grande.

 

—Vamos, entonces. La tierra y las plantas esperarán otro día.

 

Descendieron por el camino de piedras sueltas que conocían desde niños. Abajo, en el taller, tayta Antay golpeaba la piedra con ritmo ancestral. Sus manos sabían el lenguaje que los antiguos tallaron en Sacsayhuamán, en Ollantaytambo. El sueño del viejo era que Rumi siguiera ese camino de piedra y cincel, pero el muchacho llevaba en la sangre el amor por la tierra húmeda, por las semillas que despiertan bajo el canto de la lluvia.

 

Al amanecer, cuando el cielo aún estaba como agua turbia, partieron hacia la cantera. Allí, veinte runakuna de espaldas anchas como las montañas tiraban de sogas trenzadas con ichu, moviendo los enormes bloques que descansaban sobre troncos engrasados con sebo de llama. Como hormigas ordenadas, los hombres colocaban los troncos por delante mientras la piedra avanzaba, liberando los maderos que quedaban atrás.

 

Rumi observaba fascinado ese baile de hombres y piedras. Sus ojos brillaban más que las estrellas del Willkamayu cuando vio los troncos girar como semillas de huairuro. Aquella noche, mientras todos dormían, talló con cuidado una plataforma pequeña de madera de chachacomo y le añadió cuatro discos redondos a los costados, como el sol cuando emerge entre los cerros.

 

—Tayta —dijo al día siguiente, interrumpiendo el trabajo de su padre—, ayer vi algo en la cantera que mi corazón no ha dejado de pensar. Mira lo que he creado.

 

Antay dejó la roca que pulía. Tomó entre sus manos ásperas, curtidas por la montaña y el tiempo, el artefacto de su hijo. Lo hizo rodar sobre la tierra apisonada del taller. La pequeña plataforma avanzó con suavidad de agua mansa.

 

El viejo maestro miró a su hijo con ojos que habían visto nacer y morir muchas lunas. Inhaló profundo, como quien va a pronunciar palabras guardadas desde el tiempo de los abuelos.

 

—¿Quién es el hijo del gran Wiracocha, nuestro padre creador? —preguntó con voz que parecía venir de las montañas mismas.

 

—El Inti, tayta, nuestro padre Sol —respondió Rumi, sintiendo en su pecho el orgullo de saberlo.

 

—El Inti, sí. Él que hace crecer el maíz y la papa. Él que calienta la espalda del campesino cuando trabaja la tierra. El que nuestro Inka, hijo suyo, venera en el Qorikancha. ¿Acaso no ves que estos redondos troncos que has puesto en tu artefacto tienen la forma sagrada del rostro de Inti?

 

—Es cierto, tayta. Son como pequeños soles.

 

—Dime, hijo mío, ¿crees que sería correcto que la imagen de nuestro padre Inti rodara por el suelo, entre el barro y las piedras, bajo el peso de nuestras cargas? ¿Que lo pisaran nuestros pies como si fuera un camino cualquiera?

 

El silencio cayó entre ellos como neblina espesa. Rumi sintió que sus mejillas ardían con el fuego de la vergüenza.

 

—No tayta, no sería correcto —murmuró con la voz pequeña como semilla.

 

—Los antiguos, hijo mío, ya conocían lo que tus ojos descubrieron hoy. Pero nuestra gente respeta demasiado a los dioses para usar su imagen en trabajos del suelo. Wiracocha nos castigaría si faltáramos así al respeto a su hijo luminoso. Por eso usamos troncos, porque ellos son ofrendas de la Pachamama, nacidos para servir sin ofender a los dioses del Hanan Pacha.

 

—Entiendo, tayta —dijo Rumi, guardando en su corazón la lección como se guarda una semilla para la próxima siembra.

 

Caminaron juntos hacia la choza, mientras el Inti, rojo como la sangre de la llama sacrificada, se hundía entre los cerros. En el pecho de Rumi, el amor por la tierra y las plantas crecía como raíz de árbol antiguo. Quizás no seguiría el camino del cincel y la piedra como deseaba su padre, pero había aprendido algo más valioso: el respeto por lo sagrado está por encima de cualquier invento humano. Y esa sabiduría, como el agua de los nevados, nunca se secará mientras haya corazones andinos para guardarla.

 

El joven Rumi miró una última vez hacia la quebrada donde los cóndores, mensajeros entre mundos, se perdían en el abrazo nocturno del cielo. Mañana sería otro día. La vida seguiría su curso ancestral bajo la mirada eterna de los apus.