Con el conteo oficial de la ONPE en marcha, el país no solo elige a un nuevo mandatario; busca cerrar un ciclo de caos político tras una cadena de caídas presidenciales que ha triturado nuestra institucionalidad.
LIMA, 7 de junio de 2026. — El Perú atraviesa un punto de quiebre en su historia republicana reciente. No estamos ante una elección cualquiera; nos enfrentamos a una encrucijada que definirá el rumbo político, económico y social de la nación para los próximos años. En las oficinas de la ONPE se procesa mucho más que actas y votos: se procesa la frágil esperanza de encontrar una salida a la perpetua crisis que nos agobia.
La ciudadanía asiste a este escrutinio minuto a minuto, con la respiración contenida. La urgencia de estabilidad es comprensible si miramos el retrovisor de Palacio de Gobierno. Quien resulte elegido o elegida reemplazará al presidente interino José María Balcázar, quien asumió el timón tras la abrupta censura y caída de José Jerí en febrero pasado por graves escándalos éticos. Jerí, a su vez, había llegado al cargo tras la vacancia de Dina Boluarte, sucesora del hoy recluido Pedro Castillo tras su fallido golpe de Estado. Cuatro mandatarios en un solo periodo democrático han dejado al país al borde del colapso institucional.
Dos miedos frente a frente
El reflejo de esta fragmentación se vive en las calles y en la conversación pública, donde el debate ha dejado de ser programático para volverse visceral, polarizado entre dos corrientes definidas por el rechazo al contrincante:
El temor al giro radical: Por un lado, amplios sectores observan con alarma un eventual gobierno de Roberto Sánchez (Juntos por el Perú), debido a su matriz ideológica de izquierda y a la presencia en su entorno de figuras altamente polarizantes y controversiales.
La resistencia al pasado: En la otra acera, se reactiva un antivoto persistente contra la candidatura de Keiko Fujimori (Fuerza Popular), alimentado por una profunda desconfianza hacia su figura política y los pasivos de campañas anteriores, más allá del peso histórico de su propia agrupación.
No se vota por convicciones, sino por la administración del miedo. Ese es el drama de un electorado que se percibe acorralado entre dos extremos.
El peligro de encender la pradera
Las próximas horas serán determinantes. La precaria tranquilidad del país camina sobre una cuerda floja ante los anuncios de movilizaciones por parte de simpatizantes de Juntos por el Perú en caso de que los resultados finales les sean adversos. La protesta es un derecho constitucional, pero la agitación social antes de que concluya el cómputo oficial solo añade gasolina a un escenario ya inflamable. La inestabilidad es un lujo que la economía y la seguridad ciudadana ya no pueden resistir.
El Perú se está jugando sus últimas cartas para iniciar una reconstrucción urgente o terminar de hundirse en un pozo de ingobernabilidad del que será sumamente difícil salir. La expectativa es total. Desde Arena Digital, exhortamos a que el tramo final del conteo se respete con madurez y que los resultados reflejen con nitidez matemática la voluntad popular. Solo la verdad electoral nos permitirá arrancar una nueva etapa y evitar que el país termine de romperse.








