Por: Jenny Zuniga Mourao
A pocos días de una crucial segunda vuelta, el proceso electoral llega a su fin en medio de cuestionamientos y una alta expectativa ciudadana. Lo que había que decir sobre el JNE y la ONPE ya ha sido analizado exhaustivamente por expertos y ciudadanos en las redes sociales —un ejercicio saludable de la libertad de expresión—, aunque persistan polémicas por la suspensión y cancelación de algunas cuentas en el entorno digital. Por otro lado, las denuncias de fraude impulsadas por Rafael López Aliaga parecen haber encontrado eco en el mar humano que todavía lo acompaña en las calles. Esta vez, el pueblo votará con los ojos abiertos, recordando que el voto es secreto y sagrado en una democracia.
Mientras tanto, los estrategas y especialistas en marketing digital siguen operando sin descanso a las puertas de la elección, intentando moldear la opinión pública a pesar del persistente tufo a fraude que enrarece la atmósfera. Al final, «todo sea por la democracia» es el grito silencioso de esperanza de todos los peruanos.
Esta segunda vuelta llega en el momento de mayor desconfianza institucional del ciclo electoral. Lo que está en juego ya no es únicamente qué candidato vencerá, sino si el sistema electoral soportará esta prueba de fuego sin romperse. Con las narrativas de irregularidades instaladas en el debate público, la legitimidad del proceso se ha vuelto tan frágil como los votos que la sostienen. El escenario apunta a una polarización más profunda y a la movilización en las calles, independientemente de quién resulte favorecido. La gran pregunta ya no es quién gana, sino si el país aceptará el resultado como propio.
A pesar del ruido, la segunda vuelta sigue siendo la única vía institucional para dirimir la disputa. El reto inmediato es doble: auditar con celeridad las irregularidades denunciadas para despejar dudas y blindar las siguientes etapas contra nuevas sospechas. Si se logra, la institucionalidad electoral saldrá fortalecida de la tormenta; si no, el país se encamina a un periodo de disputa post-electoral que desbordará las urnas. El futuro está abierto y se escribirá en los próximos días en las mesas de votación, no en las encuestas.








